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palabra imagen II

"la pintura no es escritura"

Cuando contemplamos escritos cuyos signos desconocemos, éstos quedan desposeídos de su carga semántica y los percibimos como simples grafismos, juego de líneas que se entrelazan rítmicamente, puros diseños formales. Toda escritura de la que desconocemos su significado deviene arabesco, gesto expresivo: la palabra se convierte en imagen.

Cualquiera puede comprobar las inusitadas características formales que aparecen en la imagen especular de su propia grafía que, al hacerse inteligible, muestra tan sólo su estructura visual, un juego de líneas retorcidas sobre sí mismas. De igual modo, las escrituras cuyos códigos desconocemos, dejan de ser transparentes ante nuestra mirada y las percibimos como diseños lineales, raras texturas forjadas por una urdimbre de signos repetidos. En eso se convierten, por ejemplo, las inscripciones árabes o chinas de sus arquitecturas para quienes desconocemos su lenguaje, lo que nos permite contemplarlas en toda su belleza como elementos decorativos. Incluso ante un sistema de escritura conocido, si la tipografía nos es extraña, somos más sensibles a su imagen que a su desciframiento; es lo que nos ocurre, por ejemplo, ante un manuscrito medieval de caracteres góticos.

Sustraída a sus funciones semánticas, la escritura, considerada en sí misma, conquista la mirada en tanto objeto estético, pierde la doble condición que la define como sistema de signos -suma de significante y significado- para mostrar todas las posibilidades que encierra su condición de significante, esto es, su materialidad, su visibilidad: la escritura muta su naturaleza lingüística para adquirir categoría plástica.

Sirviéndose de su condición de imagen más que por su valor lingüístico, es como la palabra escrita se introduce en el arte del s.XX. En los collages cubistas, las soflamas futuristas y dadás, las ambígüas revelaciones surrealistas y los diseños constructivistas, en todos ellos, la palabra escrita se nos muestra con los atributos de elemento visualmente significativo. Las letras y números, en su condición de signos visuales, encierran en su propia naturaleza todas las posibilidades de la especulación plástica y como tales participan en las composiciones.

La pintura no es escritura es una serie de dieciséis cuadros que, teniendo cada una de ellas validez como composición autónoma, son al mismo tiempo parte de una composición mayor en la que se puede leer el aserto que sirve de título a todas ellas. A su vez, cada composición individual está formada a partir de fragmentos de escritos extraídos de fuentes muy diversas: trozos de cartas y periódicos, inscripciones sumerias, latinas, árabes o chinas, retales de papeles de oficina y de cuadros vanguardistas. Pero en ellos la palabra escrita es imagen, esto es, modulación de líneas, equilibrio de formas, distribución de espacios y manchas, expresividad de texturas y pinceladas.

Como en la serie Pintura pintada, constituyen una suerte de manifiesto reivindicativo de la específica condición material de la pintura. La pintura no es escritura, no puede ser sustituida ni reducida a discurso; sin embargo, letras y números son diseños visuales, descontextualizados de su función lingüística, son tan sólo formas y color, material pictórico.

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