La historiografía, que necesita fechas y nombres concretos, ha establecido que la pintura abstracta nació de la mano de Kandinsky en 1910. La abstracción, sin embargo, acompaña al hombre desde sus comienzos como creador de imágenes, aunque fueron las vanguardias las que le concedieron el estatuto de Arte, con mayúsculas. Era la consecuencia de emancipar la pintura de toda función ajena a su propia naturaleza visual y hacer de la sintaxis de los elementos plásticos que la conforman -dibujo y color- el objeto absoluto de sus búsquedas.
Participando de los ideales del romanticismo, Kandinsky quería trascender la cotidianidad de la vida a través del arte, al que consideraba una vía de purificación, un camino de acceso a la esencia del espíritu humano. El artista debía ser un «sacerdote de la belleza». En su conocida obra De lo espiritual en el arte, podemos leer.
El arte es el lenguaje que habla al alma de las cosas que para ella significan el pan cotidiano, y que sólo puede obtener en esta forma. Si el arte se sustrajera a esta obligación dejaría un espacio vacío, ya que no existe ningún poder que pueda sustituirlo.
Más de un siglo después, la búsqueda de la belleza a través de la pintura, sigue llenando un espacio de validez incontestable. Lejos de ser un objetivo trivial, el goce estético apela a lo más profundo del espíritu humano.